
Iria,para las ocho de la mañana, neblinosa y húmeda mañana, a la hora grata en la que los bebes, elevados al sinfín de los ríos de la inocencia donde habitan en alegre dispersión: ángeles, querubines, hadas y la bondad absoluta, comparten su espíritu naciente con ésta comunidad sacra hasta que despiertan al mundo al que pertenece su materia viva. Mundo de múltiples percepciones, distinto para todos, igual para nadie.
En el hospital olía a resignación en todas sus interpretaciones posibles. Una niña-madre, con un tremendo caudal de ilusiones aparcadas, acurrucaba en su seno casi incipiente a un hijo que en su momento podría reclamar si pudiera, a los cielos, la injusticia en el reparto de gracias. La madre, a la que la pena no hacía disminuir en nada su hermosura y esbeltez, arreboladas sus jóvenes mejillas, con su corazón de corto recorrido latiendo deprisa por la incertidumbre y la confusión del instante indeseado, sin embargo, no pudo evitar que las lágrimas brotaran en incesante fluir y se deslizaran hasta ahogarla en suspiros reprimidos.
Entregada su rebelde voluntad,-que niega la realidad- a la fuerza de la opinión de la mayoría en favor de la ciencia, que aconsejaba el sufrimiento del bebe en aras de una probable mejora, la joven que lloraba desconsolada hubiese trasladado el sufrir de su niño multiplicado por mil a su persona.
Dicen que Dios algunas veces escribe con renglones torcidos y nadie es capaz de entender la causa. Los gritos del inocente se clavaban en el alma. Cuando salieron, ella, estrechamente abrazada con su hijo pasaba incesante su mano por la cabecita, ungida de lágrimas de madre del pequeño, que seguía con su penar sin entender nada de lo que estaba pasando.
Me acerqué a ellos y vi que sus ojos miraban a ninguna parte. No dije nada, sólo desee, ferviente, que salieran adelante y que la joven tuviese la suficiente fuerza para acometer con éxito la prueba a la que la vida la iba a someter.
Les ví alejarse, acompañados de una brisa suave de Poniente, con el paso de los humildes hacia algún lugar donde reinaría la desazón. El niño, aliviado ya del sufrir, absorto, ajeno y acomodado en su cochecito mirando a los cielos, sonreía. Felicidad natural. Bendito inocente.
Conmigo se quedó, no sé por qué, una melancolía incierta.



