
Recuerdo que era una tarde azul.. De mucha luz. Y de calma, de mucha calma. Las hojas de los árboles quietas, inmóviles, paralizadas. Como en trance. Disfrutando del placer del dulce reposo. Ni siquiera una imperceptible brisa interrumpía una quietud perenne. A lo lejos, en las montañas vecinas podía verse con claridad, claridad eterna del mes de Junio, toda la flora autóctona, que cubre el suelo seco. Habíamos ido al campo, Virginia y yo Paseábamos y ella me hablaba y me mostraba lugares desconocidos para mí, en el campo abierto a los sentidos y a las almas. Hablábamos de continuo. Bueno, a decir verdad, yo, más que hablar, la oía a ella. Al pasar por la puerta de una casa de campo, corté una rosa roja, a la que el sol miraba con envidia, para entregársela, como homenaje a su belleza y al maravilloso día. Llegamos a una vieja balsa vacía, que en su día abastecería de agua para riego alguna plantación. Miramos abajo. Estaba seca. Pero el entorno era bello, la claridad se reflejaba en todo y las cosas parecían que tenían luz propia. Ella también estaba radiante, con sus enormes ojos y su cabellera de oro. Elegí aquel momento para entregarle la rosa. No pareció sorprenderle, y con indiferencia poco común, la cogió entre sus manos. "¿ Sabes? -me dijo- a mí las rosas no me gustan , la única flor que me gusta, es la clavellina." Al terminar de decir esto, arrancó unos pétalos a la rosa roja, y lo que quedó de ella, lo lanzó al fondo de la balsa. Allí quedó, mutilada y dormida, la flor. Allí quedó, con toda la carga de sentimientos que portaba, desamparada, la flor. Allí quedó, mirando al cielo azul que se fundía con su rojo sangre. Allí, tendida y sola , ofendida, ajada y sin alma. Allí quedó, tal vez con parte de mi corazón. Lo que quedó de la rosa. Lo que quedó de la flor. Con mi tristeza.
